El puente


Felipe Tellez

I

Sin sospechar en lo que se convertiría su lejano y solitario paseo matinal de domingo, Peter, con su andar ensimismado, había ingresado en un insospechado puente casi sin darse cuenta. Prefería desplazarse a las afueras de la ciudad donde las tibias mañanas derramaban su manto sobre los verdes y vírgenes paisajes naturales. Era frecuente en él este tipo de recorridos; gustaba de su propia compañía, del silencio, la tranquilidad, lejos de las carreteras estruendosas y la hostil escenografía de grotescos edificios de oficinas. Tenía que convivir cada semana con eso, es verdad, pero se daba el gusto de poder escapar momentáneamente de la maldita ciudad. “¡un puente en medio del campo!” se dijo con fingida sorpresa. “¡Llegará el momento en que este tranquilo paisaje también será invadido, contaminado y desaparecerá completamente”! En definitiva, sus paseos, lejos de la vista del mundo, no consistían más que en atormentarse tras las oscuras rejas de su conciencia.

II

Madrugar, tomar el café, mirar el reloj, apresurarse para llegar puntual, consumar la jornada de oficina, repetir mecánicamente sus labores: cumplir sin variación esa rutina era lo que abarcaba su sistemática vida desde hace ya bastante tiempo. Pero cierto es también que aquello hace tiempo se había convertido para Peter en su diaria pesadilla. Odiaba su trabajo que le imponía un absurdo estilo de vida, ordenado pero monótono y rutinario. ¿Tenía sentido todo eso?, ¿Cuánto duraría?, ¿Resistiría vivir así, o morir así? Era algo que no sabría contestar. De todas formas, estas preguntas solían visitarlo frecuentemente, procurándole un arrobamiento tan intenso como momentáneo en cualquier instante del día: se veía a sí mismo sintiendo el peso de lo interminable, como quien peregrina por un inmenso desierto bajo su lucida y grotesca vigilia.

III

Así como insospechado era el puente lo era también el enjuto mendigo con el que se cruzó a la entrada.
–Regáleme una moneda –dijo mientras, sentado como estaba, extendía la mano a manera de ayuda, levantando su cara ya surcada por arrugas y cuya mirada apenas era perceptible bajo el sombrero negro que llevaba puesto.
Peter, mirándolo de soslayo y sin reparar en la situación, siguió su curso. El inexorable puente por el que caminaba se extendía riguroso sobre un vacío al final del cual se divisaba un río; su ancho era suficiente como para acoger a poco mas de una persona y por lado y lado limitaba una barandilla metálica en toda su extensión. Andaba y sentía la brisa cálida del día. Andaba y de improviso volvía a sus pensamientos… solía advertir a menudo su nulidad. Desde muy joven le había tocado trabajar, no sin humillaciones, para ayudar con los gastos de su casa, había logrado estudiar y conseguir un título universitario, todo lo poco que había obtenido hasta el momento se lo debía a su trabajo, pero se sabía triste y vacío. Los años le ayudaban a alimentar la angustia, la desazón, ante un futuro estéril. Se reprochaba su incapacidad para adaptarse. Su actual trabajo no lo satisfacía. Anclado a un escritorio frente a un monitor, su estrés escaló cimas. Ese sistema del que hacia parte, ese orden, esa gran maquina que es el mundo, lo estaba devorando; en ese orden, solo aparente, un caos subyacente parecía socavar sus rincones más profundos, dejando su conciencia endeble y desplegando sobre ella sus fantasmas.
Habiendo llegado a la mitad del camino se apoyó sobre la barandilla, prendió un cigarrillo, levantó su mirada y, alejándose de sí, se puso a contemplar. El azul del cielo se explayaba majestuoso sobre su cabeza y, como el río, se perdía a lo lejos en el horizonte; desde la rivera y los terrenos escarpados de los extremos se alzaban los arboles esplendorosamente hasta sobrepasar por encima la altura desde la cual se suspendía el puente. El domingo era maravilloso. Peter recorría con su mirada el lugar y la posaba tranquilamente sobre los ramajes de la exuberante naturaleza para luego dejarla volar hacia algún punto lejano e indeterminado…
“Renunciar. Sí. Eso es lo que haré” pensó. Esta resolución no era nueva; ya se había propuesto lo mismo numerosas veces, con miedo. Pero esta vez estaba decidido. Llegaría el lunes, y con él, su renuncia. Se despediría de su jefe y de sus compañeros, que no estimaba, incluso le parecían egoístas. Nunca procuró socializar mucho y él no era nadie para ellos ¿Quién lo conocía realmente? ¿A quien le importaba? No había tiempo en la oficina, ni en el mundo, para preguntárselo. Y siendo así ¿qué haría después? Tampoco sabría responder a eso. Evidentemente quería cambiar, explorar otro camino, tal vez en el arte, tal vez como ermitaño. Algo que hiciera su vida más amable y serena, lejos del ruido mundanal. Pero ¿saldría vivo? ¿Lograría escapar de todo? ¿Y si caía en la pobreza? ¿Lo soportaría todo?…
Apagando el cigarrillo se retiró de la barandilla. Un grupo de palomas surcaban el cielo, pero Peter no las vio.

IV

Al darse vuelta, se encontró de golpe con una niña a su lado. Su presencia lo sobresaltó de inmediato. El cabello de la pobre se desbarataba sucio sobre su pálido rostro mientras clavaba en el piso su mirada apesadumbrada, y su deteriorado vestido rosa cubría parcialmente su languidez generalizada. Llevaba, además, una caja de madera a la altura del ombligo y atada con cuerdas a su nuca.
–Señor, me compra un dulce ¬–dijo, levemente.
Peter, atónito pero indiferente, sin reparar en la situación, siguió su curso. La brisa continuaba cálida y fresca, y Peter divisó el ya corto trayecto que le faltaba para salir del puente. Andaba apresurando su paso. Andaba y andaba, con la cabeza baja. Andaba y se sumía de nuevo en sus pensamientos. Al cabo de un rato, advirtió instintivamente la demora. “¿no debía estar ya fuera del puente?” pensó. Volvió a mirar y el tramo faltante resultó más corto, abarcable en unos cuantos pasos más. Corrió.
Justo antes de llegar al final ocurrió lo inesperado: el puente se extendió abruptamente.

V

– ¿Qué demonios es esto? –exclamó horrorizado, mientras sus ojos desorbitados no creían lo que estaban viendo. Su pecho empezaba a agitarse pero procuró calmarse y respirar–. Debo estar enfermando… ¡sí! ¡Eso debe ser! –Dijo con irónica sonrisa al tiempo que, vagamente, tocaba su frente ante una posible fiebre. Hizo otro, dos, tres, varios intentos por salir, pero su asombro y horror fueron peores al advertir que el inexorablemente puente repetía su macabro efecto.
Estupefacto, Peter quedo un momento tan petrificado como si de una escultura se tratase. Después de un momento dio vuelta atrás y se echo a correr por el incorregible puente. “¿Qué esta pasando? ¿Qué es esto?” pensaba ruidosamente mientras corría y corría. La agitación incrementaba escandalosamente. Esta vez el puente le parecía mucho más extenso que al principio y, al llegar, después de tanto correr, a la mitad del puente, se echó sobre la barandilla metálica. La tensión se apoderaba de él. Sintió el calor, su respiración, sus bruscos latidos, que estaban a reventar. Y mientras daba bocanadas de aire:
–Señor, me compra un dulce ¬–musitó con trémula voz la niña que, en ese momento, aparecía a un lado, tras él.
– ¿Qué haces acá niña? ¬–exclamó jadeando y continuó-. ¡El puente! ¡El puente! –y señaló hacia el extremo desde el cual venía, justo detrás de la espalda de la niña.
La jovencita, si bien mantenía su mirada baja, siguió de pie sin dar muestras de afectación. Peter, presto de nuevo para su ajetreada tarea, iba a salir corriendo, cuando, a los dos primeros pasos, tropezó.
–Regáleme una moneda –dijo el enjuto mendigo mientras, sentado como estaba, extendía su mano, girando su cara cuya mirada apenas era perceptible bajo el sombrero negro.
– ¡corran! ¡Corran! ¬–exclamó Peter. Se levantó y echó a correr.
Un grupo de palomas surcaban el cielo, pero Peter no las vio.
Sus piernas parecían no aguantar la carga impuesta. Discurría, de nuevo, cansado, por el abyecto puente. Pretendía salir por donde había ingresado. El fenómeno seguía excitándolo. Los nervios se le alborotaban y mientras andaba y andaba giró su cabeza hacia aquellos sujetos para ver si lo seguían, pero no los vio, y siguió apartándose, de prisa, continuando su camino. Por momentos se detenía, descansaba unos segundos y respiraba para persistir en su cometido. Pasado un tiempo, llegó al final, es decir, al comienzo, por donde ingresó, y el terrible efecto sucedió de nuevo. El puente, el maldito puente, se extendía salvaje e indiferentemente. “¿Qué hago?” gritó, e inmediatamente después, tomo la determinación de continuar, en un esfuerzo arrebatado, la excesiva carrera. En vano. El puente era infinito.
No había salida. Rendido, cayó de rodillas sobre el suelo. “¿Qué demonios pasa?” exclamó con terror al tiempo que empezó a sentir fallidos sus esfuerzos. Y mientras su impotencia se somatizaba en ahogados sollozos:
–Señor, me compra un dulce –musitó con trémula voz la niña que, en ese momento, aparecía a un lado, tras él.
Esta vez la figura de la niña le pareció a Peter más sombría. Y con renovado espanto le gritó:
– ¿Quién eres? ¬–y la niña, girando levemente la cabeza, como si no entendiera la pregunta, respondió:
–Señor, me compra un dulce.
Despavorido y levantándose de golpe, Peter arremetió su cansada fuga retornando por el tormentoso camino. A unos cuantos metros se encontró con el oscuro mendigo…
–Regáleme una moneda –dijo secamente mientras, sentado como estaba, extendió su mano y giraba su cara cuya mirada apenas era perceptible bajo el sombrero negro.
– ¿Quién diablos eres? ¿Quién diablos eres? –prorrumpió temblorosamente Peter sintiendo el gélido pánico en sus entrañas, y sin esperar la presentida respuesta volvió a la carrera.
Un grupo de palomas surcaban el cielo, pero Peter no las vio.

VI

Aquel paseo matinal terminó convirtiéndose en una experiencia ominosa. El viento disminuía, el día avanzaba en su curso, habían transcurrido las horas y el sol, majestuoso e indolente, intenso y grotesco, se había detenido. Desde el punto más alto alumbraba, para Peter, la cruel realidad a la que estaba expuesto y en la que se desarrollaban sus tormentos.
“Señor, me compra un dulce” repetía, indistintamente, la niña. “me regala una moneda” repetía, indistintamente, el mendigo. Indistintamente, un grupo de palomas surcaban el cielo. Y el sol, indistintamente, brillaba. Peter seguía discurriendo por el puente, insistiendo en su pertinaz esfuerzo. Iba y venía; trastabillaba, se dejaba caer, se levantaba y corría; respiraba, tomaba fuerzas e incansablemente retomaba; y de vez en cuando profería al espacio abierto palabras de ayuda, que nadie escuchaba. Estaba enloqueciendo. Aguardaba la posibilidad de que se tratara de una mentira, de una ilusión. “esto no puede estar pasando” repetía constantemente. Su cuerpo entero, sudoroso y cansado, se apoyaba en la barandilla; su cabeza, tensa y abrumada, se debilitaba. Estaba a punto de perder toda esperanza hasta que oyó, lejano, el tenue discurrir del rio. “El rio” dijo con sorpresa. Hasta el momento no lo había tenido en cuenta. Recostado como estaba, se dio vuelta y lo miró largamente. La altura que lo separaba del puente era abismal y sus ojos, siguiéndolo, se perdieron indeterminadamente en el horizonte. “¿A donde conduciría?” pensó, con el poco aliento que aun le quedaba. “¿y si salto? ¿Y si muero?” Continuó. Ciertamente no tenía otra opción. Aquel lejano lugar donde ahora se encontraba estaba lleno de extrañezas que no le sorprendería lo que pudiera pasar…
–Señor, me compra un dulce ¬–musitó con trémula voz la niña que, en ese momento, aparecía a un lado tras de él.
–Regáleme una moneda –dijo secamente tras él el mendigo mientras, sentado como estaba, extendió su mano y giraba su cara cuya mirada apenas era perceptible bajo el sombrero negro.
Peter dio un giro al percatarse nuevamente de las presencias y con otro giro regreso a su posición previa; miró el rio y advirtió una pequeña mancha oscura y borrosa sobre su superficie: era él. Con determinación pasó por encima de la barandilla. Quedó por un momento erguido. Con vértigo, observó hacia abajo y luego hacia el frente, y sin pensarlo más tomó la decisión. Peter se arrojó del puente.
Un grupo de palomas surcaban el cielo, pero Peter no las vio.

Comentarios 1

  1. Autor

    Hola Felipe,

    Felicidades por haber acabado tu historia. Me ha gustado mucho poder leerla, sobre todo después de todas las conversaciones que hemos tenido al respecto. :-)

    He encontrado en tu texto algunos momentos brillantes, como cuando comparas el horror que la rutina supone para Peter con un peregrinaje a través de un desierto. Este tipo de metáforas dan mucha fuerza al texto y es algo que te recomiendo potenciar.

    El arranque del cuento es bueno y la descripción del vacío espiritual que Peter siente en su trabajo resulta muy convincente.

    Me ha gustado el pasaje en el que muestras el monólogo interior del protagonista, cuando se plantea renunciar a su trabajo y vemos los argumentos y contra-argumentos que surgen en su cabeza. Es una forma excelente de dejarnos entrar en la psicología del personaje.
    Hay, eso sí, algunas cuestiones que creo podrías revisar. Te las agrupo en cuestiones de estilo, de estructura y de temática.

    Cuestiones de estilo.

    – En varios puntos del texto abusas de los adjetivos. Hablas, por ejemplo, de un “insospechado puente”, de unas “tibias mañanas”, de unos “verdes y vírgenes paisajes naturales”. No quiero decir con ello que el uso de los adjetivos sea necesariamente malo, pero ten presente que los adjetivos suelen transmitir menos información que los nombres. Esos verdes y vírgenes pasaje paisajes naturales, resultarían mucho más vividos si, en lugar de dejar en las manos del lector el esfuerzo de imaginarlos, describieras alguno de los elementos que los forman: las laderas de hierba, los árboles cargados de hojas de colores tostados (si se tratara del otoño), etc.

    – En algunos momentos sería necesario simplificar la estructura de tus frases. En lugar de “así como insospechado era el puente”, podrías decir simplemente “el puente era insospechado”. Utilizar construcciones verbales atípicas es algo que deberías hacer con moderación y sólo cuando sirva a algún propósito concreto, como por ejemplo generar diversidad en la estructura de las frases.

    Estructura

    – Creo que sería bueno replantearse la forma en que Peter descubre el puente. ¿El puente no existía antes? No queda claro si es que el puente ya estaba allí y Peter, que nunca había pasado por esa ruta, se sorprende de encontrar un puente en ese paraje, o bien resulta que Peter sí que conocía esa ruta y se sorprende de ver que, sin un motivo claro, lo hayan construido.

    – La descripción del puente no llega hasta la segunda página. Sería bueno que nos lo describieras antes porque si no lo haces el lector construye por su cuenta una imagen mental del mismo y, cuando llega a la descripción, se ve forzado a corregir esa imagen mental, lo cual genera confusión.

    – Sería bueno también la descripción del puente contenga todo lo que Peter ve. Si no lo haces no queda claro para el lector cuán grande es el puente, si desde el principio se ve el final, etc.

    – Podrías replantearte el modo en que revelas al lector que el puente se hace más grande. Este hecho, que es el detonante de la historia y es el momento en el que realmente empieza la acción, sólo ocurre a mitad del texto. Se me antoja un poco tarde. Tal vez, aunque Peter no lo descubra hasta la mitad de la historia, en algún punto anterior podrías insinuar que el puente le está resultando a Peter más largo de lo que creía. Esa insinuación indicará al lector que algo raro ocurre y hará que tenga más interés en seguir leyendo para comprender exactamente cuál es el problema.

    Temática
    – Tal y como hablamos en los ejercicios del curso, está claro que tu historia tiene un componente alegórico muy fuerte. Sin embargo, tal y como está planteada ahora, no queda del todo clara la relación que hay entre la problemática de Peter (el vacío existencial de su vida) y lo que ocurre a lo largo de la historia. Dicho de otro modo, cuando explicas lo que Peter siente en su trabajo, estás generando en el lector la expectativa de una respuesta a ese problema. Esto hace que el lector lea el resto del cuento esperando encontrar una recomendación —o por lo menos una opinión— en cuanto a lo que el protagonista debería hacer, pero esa recomendación no llega. O no llega de un modo claro.

    Espero que el curso te haya resultado muy útil, te animo a seguir escribiendo porque creo que podrías llegar a hacer cosas interesantes y, por supuesto, estoy a tu disposición si crees que puedo serte de ayuda.

    Un abrazo,
    Carles

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